A finales del siglo XIX, mientras el país atravesaba profundas transformaciones sociales y políticas, el fotógrafo Francisco “Paco” Ayerza emprendió una tarea ambiciosa: capturar la esencia de la vida rural argentina antes de que el avance de la modernidad la diluyera. Pionero en el país y fundador de la Sociedad Fotográfica Argentina de Aficionados, Ayerza se convirtió en el máximo exponente de la fotografía gauchesca de su época.
Su obra más emblemática surgió de una colaboración con los peones de la estancia San Juan, propiedad de Leonardo Pereyra Iraola. Sin embargo, estas no eran capturas espontáneas; se trataba de escenificaciones minuciosamente planificadas. Cada pose, cada pliegue del chiripá y cada gesto del paisano estaban diseñados con una búsqueda de excelencia artística y fidelidad histórica.
Un Martín Fierro que no fue
El propósito original de esta serie fotográfica era ilustrar una edición de lujo del Martín Fierro, el poema nacional de José Hernández. Ayerza pretendía que sus imágenes fueran el correlato visual de los versos que describían las penurias y costumbres del gaucho. Aunque esa publicación específica nunca llegó a concretarse, las fotografías trascendieron su objetivo inicial.
Lo que comenzó como un proyecto editorial terminó convirtiéndose en un pilar fundamental de la identidad visual argentina. Ayerza logró elevar la actividad diaria del peón de campo —el mate, la yerra, el descanso bajo el ombú— a la categoría de obra de arte. Gracias a su lente, aquellas "escenas camperas" de finales de 1800 quedaron inmortalizadas, ofreciendo hoy un testimonio invaluable de la iconografía criolla y del nacimiento de la fotografía como herramienta de construcción cultural en la Argentina.
