La siderúrgica Acindar, controlada por el grupo ArcelorMittal, ha vuelto a paralizar su actividad. A partir de este viernes, la empresa detendrá la producción en su área de laminados, una medida que afecta a centenares de trabajadores en el marco de un acuerdo con la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). Los empleados suspendidos recibirán el 75% de sus salarios en una nueva señal de alarma para el sector metalúrgico.
Esta es la segunda vez en el año que la acería más grande del país frena sus operaciones, después de una pausa en julio que ya había afectado a más de 200 operarios. Aunque la empresa no ha dado cifras exactas, la incertidumbre crece entre las familias que dependen de la planta de Villa Constitución, en un contexto de caída generalizada de la demanda.
Cifras de una crisis y el factor importación
Los números reflejan la profundidad de la crisis. La producción de Acindar en 2024 apenas alcanzó las 600.000 toneladas de acero, lo que representa la mitad de lo producido en 2023, cuando superó el millón de toneladas. Desde el gremio, advierten que la situación es crítica: "La construcción está frenada, el sector automotor no levanta y el alambre para el agro no alcanza".
A la debilidad del mercado interno se suma la competencia de los productos importados, principalmente de China y Brasil. A diferencia de otros países de la región que aplican medidas antidumping, Argentina ha facilitado la entrada de acero y otros materiales de construcción a precios que los productores locales no pueden igualar. Si bien Acindar dejó de exportar a Estados Unidos tras la pandemia, ahora enfrenta un nuevo desafío con la creciente apertura de importaciones.
Un contraste y la mirada hacia el futuro
La situación de Acindar contrasta con la de otras empresas del sector, como Siderar en San Nicolás, que ha anunciado una fuerte inversión en expansión. Sin embargo, en el panorama general, las proyecciones para 2025 son de una leve mejora, pero lejos de recuperar los niveles históricos. El parate de Acindar se ha convertido en un símbolo de la fragilidad industrial del país, poniendo en evidencia la dependencia de la obra pública, la construcción y la industria automotriz.
Para los trabajadores, la incertidumbre es el único denominador común, con suspensiones y salarios recortados que los dejan a merced de un contexto económico volátil y de una reconfiguración industrial que amenaza con dejar fuera de juego al acero de producción nacional.