Por: Juan Carlos “Bocha” Benedetti y Néstor Sandoval
Plaza Huincul es la ciudad de las dos historias. La del pueblo petrolero y la del pueblo libre. Una más extensa que otra; una, madre de la otra. Ambas del mismo árbol.
Al momento del descubrimiento del petróleo, la zona era un “peladero” casi sin gente, con el rancho de Carmen Funes como referencia ineludible. El pueblo nació a partir de allí. Con el ferrocarril como vertebra principal, el oro negro corriendo por las venas de la madre tierra y el nervio del trabajo y un futuro mejor.
La gente llegaba como podía buscando trabajo petrolero. Algunos a bordo del ferrocarril y otros siguiendo el tendido de las vías. Con el tiempo hizo falta comida, leche, una churrasquería, un copetín al paso, un cuarto de hotel, un farol… y así fue apareciendo el comercio que, con el paso de los años, pobló la vereda sur de la ruta 22. Esta historia vamos a mostrar: la de los comerciantes que se instalaron a lo largo de lo que era la actual Avenida San Martín, desde el kiosco Blanco hasta la imprenta de Rosell, muchos de los cuales luego fueron los artífices del reclamo por el “Pueblo libre”.
Comenzamos por la manzana de la Agencia Ford de Toribio Otaño, donde nació la pasión fierrera, que todavía pervive en la comarca, de una familia de italianos llegados de Mesina: los Galbato y su hijo Carmelo, uno de los “héroes” nacionales que tuvo cuna huinculense.
