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A pesar de un escenario marcado por la asfixia presupuestaria y una caída del poder adquisitivo salarial que supera el 40%, la Universidad de Buenos Aires (UBA) logra sostenerse como un faro de excelencia en el mapa educativo global.

El reciente Ranking QS 2026 ratifica esta vigencia al posicionar cinco de sus carreras —Lenguas Modernas, Ingeniería en Petróleo, Derecho, Antropología e Historia del Arte— entre las 50 mejores del mundo, un fenómeno que especialistas atribuyen a una combinación de prestigio histórico y el compromiso de su cuerpo docente.


Sin embargo, detrás de las posiciones de vanguardia (donde Lenguas Modernas se destaca en el puesto 22°), el análisis de los expertos revela grietas estructurales. Voces vinculadas al sistema científico, como la de Sandra Pitta, sugieren que estos rankings se apoyan fuertemente en la reputación institucional y en una inercia de calidad que hoy enfrenta desafíos inéditos. La sobrepoblación estudiantil y la falta de actualización en las condiciones de formación aparecen como señales de alerta que obligan a debatir reformas de fondo para no hipotecar el futuro académico.


La arquitectura de este éxito se explica, en parte, por la naturaleza de las disciplinas destacadas. Investigadores como Pablo Kreimer señalan que las áreas de ciencias sociales, artes y derecho dependen menos de insumos costosos y más del capital humano, lo que les permite amortiguar mejor los recortes que las disciplinas experimentales.

Aun así, el sistema científico enfrenta una "fuga de cerebros" silenciosa: ante la degradación de los ingresos bajo la actual administración nacional, muchos investigadores jóvenes están optando por emigrar, poniendo en riesgo el recambio generacional de la excelencia argentina.


Desde la gestión universitaria, el decano Ricardo Manetti vincula este reconocimiento internacional con el sistema de concursos y la libertad de cátedra, pilares que aseguran la calidad por encima de las coyunturas políticas. No obstante, advierte que la UBA atraviesa uno de sus momentos más críticos.

El deterioro salarial no solo expulsa docentes hacia el sector privado o el exterior, sino que tensa al máximo la capacidad de la institución para cumplir su rol de motor de movilidad social.


Curiosamente, mientras el financiamiento interno flaquea, el atractivo internacional de la UBA permanece intacto. Un ejemplo de esta inserción global es la llegada de contingentes de estudiantes de doctorado provenientes de China, quienes eligen la universidad pública argentina por su reputación en áreas artísticas y humanísticas.

La gran incógnita que circula hoy en los pasillos académicos es hasta cuándo podrá la "resiliencia institucional" compensar la falta de inversión antes de que el posicionamiento global de la casa de estudios comience a desmoronarse de manera irreversible.