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En las oficinas donde antes se liquidaban sueldos y se coordinaban exportaciones, hoy duermen niños. Sobre escritorios convertidos en somieres improvisados y placas de telgopor que ofician de aislante térmico, la nueva generación de trabajadores del frigorífico Euro SA atraviesa sus vacaciones más extrañas: las de una toma que ya superó los 70 días.


El conflicto, que estalló el pasado 10 de noviembre cuando los operarios ocuparon la planta para evitar su vaciamiento, ha transformado el paisaje industrial de la calle San Diego. De los 450 empleados que iniciaron el 2025, hoy quedan 150 que se resisten a dar por perdida su fuente de dignidad, tras meses de salarios impagos y un abandono empresarial absoluto.

Una trinchera contra el olvido

La planta, que en sus años dorados supo albergar a 800 operarios en doble turno, hoy funciona como un hogar comunitario y una fortaleza. Ante la falta de pago a la seguridad privada, los propios trabajadores han formado "cuadrillas de patrullaje". Con linternas de celulares, recorren los sectores de producción para evitar que los delincuentes sigan desmantelando cables de cobre, balanzas y reflectores.

"Necesitamos seguridad urgente. Nos han amenazado y hay locos que se meten sabiendo que hay chicos durmiendo aquí", reclama Matías, un operario con casi dos décadas de antigüedad. La falta de presencia policial, a pesar de los reiterados pedidos a la provincia y al municipio, es una de las mayores angustias de quienes custodian activos que valen millones de dólares.

Economía de subsistencia: Tortas asadas y lavado de autos

Sin salarios desde octubre, las tarjetas de crédito bloqueadas y las deudas escolares acumulándose, el ingenio se volvió supervivencia. En la zona de expedición, donde solían salir camiones cargados de tripas y menudencias, ahora funciona un lavadero de autos y motos. Otros grupos de trabajadores producen tortas asadas y bizcochuelos para vender a los vecinos, mientras gestionan donaciones a través de un alias solidario (EURO-2026).

El drama se agrava por la pérdida de la obra social. "Si un hijo se nos enferma, no tenemos nada. Ese miedo nos come la cabeza a mil", confiesa Ricardo Herrera, delegado de la planta, quien vive en la toma junto a su esposa y sus dos hijos.

Un "mal manejo" en un contexto de crisis

Para Walter Navarro, delegado paritario del Sindicato de la Carne, la parálisis de Euro SA no solo responde a la crisis nacional —que ya registra el cierre de miles de pymes— sino a una gestión empresarial negligente. Los actuales dueños, un grupo financiero de Buenos Aires que asumió el control tras asociarse con la familia Lequio en 2019, han dejado de asistir a las audiencias en el Ministerio de Trabajo.

Lo paradójico del caso es que la planta guarda en sus depósitos cerca de 200 tachos de productos terminados e insumos químicos de alto valor en dólares que podrían haber saldado meses de deudas salariales. Sin embargo, el silencio de los directivos, hoy bajo la lupa judicial por presuntas irregularidades financieras, ha dejado a los trabajadores en un limbo legal.

La estrella de papel y la esperanza del regreso

A pesar del cansancio y la precariedad, la moral se mantiene en pie. En la entrada del frigorífico, un árbol de Navidad hecho con neumáticos usados y decorado con una estrella de papel simboliza la fe de los operarios.

"Si se pagan los servicios básicos, la planta puede reactivarse mañana mismo. Las máquinas están cuidadas y hay interesados en el negocio", aseguran desde el sindicato.

Mientras tanto, en los pasillos de Euro SA, las risas de los niños que juegan entre ficheros de Senasa y matafuegos son el último recordatorio de que, detrás del conflicto sindical, hay 150 familias que solo piden una cosa: volver a trabajar.