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Desde la comunidad Linares, el artesano neuquino encontró en la alpaca una forma de narrar el territorio que habita. Entre animales, herramientas diminutas y diseños inspirados en la fauna patagónica, construyó un oficio que hoy sueña dejar como herencia para sus hijos.


En la comunidad Linares, donde el viento suele llegar antes que las visitas y la vida se mide por el ritmo de los animales y las estaciones, Bautista Huenufil pasa las horas inclinado sobre una mesa pequeña, sosteniendo entre los dedos una sierrita fina capaz de quebrarse con apenas un movimiento en falso. Ahí, en ese gesto silencioso y paciente, comienza a tomar forma su mundo.

Nació en Junín de los Andes, pero su identidad está profundamente arraigada a la comunidad donde vive desde siempre. “Yo soy de la comunidad Linares, nací en Junín y vivo allá, con mis animales”, dice con sencillez. Habla pausado, como quien está acostumbrado más al sonido del campo que al de las ciudades. En su vida cotidiana conviven las ovejas, los caballos y el trabajo rural, mientras el río -cuenta- queda bastante lejito”.

Sin embargo, hay algo que siempre lo mantiene cerca de su territorio: las piezas que crea en alpaca y que parecen guardar el pulso mismo de la Patagonia.
Bautista empezó en la artesanía hace quince años, casi sin imaginar que aquel aprendizaje inicial terminaría convirtiéndose en una forma de vida. “Me enseñó una vecina que era capacitadora, ahí aprendí y después me largué solo”, recuerda. El oficio llegó desde adentro de la propia comunidad, como suelen transmitirse las cosas importantes: de mano en mano, de mirada en mirada.

Los primeros intentos fueron difíciles. Todavía puede recordar la tensión de sostener la sierrita y tratar de dominar un material que exigía precisión absoluta. “Arranqué haciendo un dije, y me costó, porque tenía que alivianar la mano con la sierrita. Es muy finita y si la ladeás se quiebra”, explica. Hubo errores, piezas arruinadas y horas de práctica. Pero también perseverancia.

Con el tiempo, la técnica dejó de ser un obstáculo y empezó a convertirse en lenguaje. “Después ya me largué a hacer cosas más difíciles, como un pectoral”, cuenta con una mezcla de orgullo y humildad.

Cada una de sus obras nace primero en el dibujo. Antes del metal, antes del brillo final, existe el trazo sobre el papel. “Hago el dibujo, lo pego a la chapa y ahí empiezo a calar con la sierrita todo el contorno”, describe. Después llegan las perforaciones minúsculas, el cincelado y los detalles que terminan dándole vida a la pieza.

En sus manos aparecen choiques, águilas y figuras que remiten a la fauna de la región. “Este es un choique y este un águila. Son todos nativos”, explica mientras muestra sus trabajos. No elige esos diseños por casualidad: son animales que hablan del paisaje donde creció, de la memoria cultural de su comunidad y de una forma de habitar el territorio.

A través de Artesanías Neuquinas, sus piezas comenzaron a viajar más allá de la comunidad Linares. Cada dije, cada pectoral y cada figura llevan consigo algo más que trabajo artesanal: contienen historias familiares, saberes heredados y la mirada de un hombre que encontró en la alpaca una manera de contar quién es.

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Pero cuando piensa en el futuro, Bautista no habla primero de ventas ni de reconocimiento. Habla de continuidad.

“La idea mía es que aprenda otro y que esto siga”, dice. Entonces su voz cambia apenas, como si el oficio adquiriera otra dimensión. Más íntima. Más necesaria: “Me gustaría enseñarle a mi hijo, que ellos sigan aprendiendo”.

Porque para Bautista Huenufil la artesanía no es solamente un trabajo. Es una herencia viva. Una forma de que la historia de su comunidad permanezca latiendo en cada pieza y también en las manos de quienes vengan después.