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El fallecimiento de Isaías Hurtado en el Hospital Interzonal de Ezeiza pone fin a uno de los capítulos más oscuros de la historia criminal de Mar del Plata. El ciudadano chileno, que se presentaba ante sus seguidores como un enviado divino con facultades sobrenaturales, murió a causa de una endocarditis infecciosa mientras cumplía una condena de más de 24 años por liderar una organización dedicada a la trata de personas y la violencia sexual.


El mecanismo del engaño: Entre la Biblia y la explotación

Hurtado no solo dirigía un culto; había diseñado un sistema de anulación de la voluntad en el barrio San Carlos. Bajo el nombre de "Ministerio Apostólico y Profético Monte Sión", el líder utilizaba su carisma y un profundo conocimiento de las escrituras para captar a personas en situación de vulnerabilidad.

·Esclavitud económica: A través de un programa radial, convencía a sus fieles de contraer deudas bancarias para financiar sus viajes al exterior. Además, gestionaba una panadería donde sus seguidores trabajaban en condiciones de servidumbre, sin percibir salarios, bajo el pretexto de colaborar con la "obra de Dios".

·La aberración del "Semen Ungido": El punto más crítico de su patología criminal era el uso de una doctrina manipulada para perpetrar abusos sexuales. Hurtado convencía a las mujeres de la congregación de que mantener relaciones con él era una vía de "transferencia de autoridad espiritual" y bendición divina.

El veredicto que lo sepultó en vida

En 2019, la Justicia Federal de Mar del Plata dictó una sentencia ejemplar. Los jueces lo encontraron culpable de:

1.Abuso sexual con acceso carnal agravado por su condición de ministro de culto (cometido contra cuatro mujeres, una de las cuales tuvo un hijo cuya paternidad fue confirmada por ADN).

2.Trata de personas y reducción a la servidumbre, afectando a un total de 20 víctimas, incluidos menores de edad.

Su esposa, Patricia Padilla, también fue condenada a 10 años de prisión como pieza clave en la logística de captación y acogimiento de las víctimas.

Un legado de daños irreparables
Hurtado, quien en el juicio se autodefinió cínicamente como "culpable de errores pero inocente de delitos", pasó poco menos de una década tras las rejas desde su detención en 2016. Su muerte cierra su historial penal, pero deja tras de sí a decenas de familias destruidas económicamente y sobrevivientes que aún lidian con las secuelas psicológicas de un régimen de terror espiritual que duró casi una década en pleno corazón de la ciudad.

Con su deceso, se extingue la acción penal personal, pero el caso permanece como un fallo de referencia en la lucha contra las organizaciones coercitivas en Argentina.