La industria láctea argentina ha sufrido el impacto de una noticia que, aunque largamente postergada, no deja de ser un sismo para la economía nacional.
La histórica cooperativa SanCor, nacida en el corazón de la cuenca lechera santafesina, ha solicitado formalmente su propia quiebra. La presentación, realizada ante los tribunales de Rafaela, marca el punto de no retorno para una compañía que, tras décadas de esplendor, sucumbió ante un pasivo asfixiante y un descalce financiero que la volvió inviable.
El escenario que enfrentan los jueces es desolador. Los informes periciales y las auditorías internas presentadas en el expediente describen un estado de insolvencia absoluta. La deuda acumulada por la firma se sitúa en torno a los 120 millones de dólares, una cifra que hoy resulta inalcanzable para una estructura productiva que ha visto cómo sus plantas mermaban su capacidad operativa hasta niveles marginales. Con miles de acreedores aguardando una respuesta, la justicia debe ahora decidir cómo desarticular un entramado que ya no puede garantizar su propia supervivencia.
La crisis no es solo contable, sino profundamente humana. Los trabajadores de la cooperativa son, quizás, los más afectados por esta caída. Según denuncias de las entidades gremiales, la empresa acumulaba ocho meses consecutivos de sueldos impagos, sosteniendo una ficción productiva a costa del esfuerzo de su personal. Esta situación de precariedad laboral aceleró el proceso de degradación de la firma, que pasó de ser el estandarte de la exportación láctea argentina a un gigante paralizado por la falta de insumos y capital de trabajo.
La caída de SanCor expone, además, las fisuras estructurales del sector lácteo en el país. Los especialistas advierten que este desenlace es el resultado de años de una gestión administrativa deficiente, sumada a la pérdida de competitividad frente a nuevos jugadores del mercado y la imposibilidad de reconvertir su modelo cooperativo en un esquema de negocios moderno y ágil. El pasivo, que no dejó de incrementarse mes tras mes a pesar de los diversos planes de salvataje intentados por distintos gobiernos, terminó por devorar cualquier posibilidad de recuperación.
A partir de ahora, se abre una etapa judicial compleja y traumática. El proceso de quiebra definirá el destino de los activos de la marca, sus instalaciones industriales y, fundamentalmente, qué pasará con el sustento de las familias que aún dependían de la cooperativa. Mientras las góndolas empiezan a sentir la ausencia definitiva de una marca emblemática, el sector lácteo argentino inicia una reconfiguración forzada, marcada por el cierre de uno de los capítulos más importantes de su historia productiva.
