Según datos del Banco Central a marzo de 2026, el incumplimiento en el pago de deudas de los hogares trepó al 11,5%. La fuerte caída del salario real y las altas tasas de interés de las tarjetas y préstamos personales explican un deterioro sin precedentes desde la salida de la convertibilidad.
Los balances del sistema financiero argentino reflejan de manera contundente el impacto del ajuste macroeconómico sobre la economía doméstica. El último reporte del Banco Central de la República Argentina (BCRA), correspondiente al cierre del primer trimestre de 2026, reveló que la irregularidad en las carteras de crédito de los hogares experimentó un salto drástico, pasando del 3,3% en marzo de 2025 al 11,5% en el mismo mes de este año.
Este fenómeno también se trasladó al indicador general del sistema (que promedia el comportamiento de todos los deudores), el cual escaló del 2,0% al 7,0% interanual, configurando el proceso de deterioro crediticio más acelerado de las últimas dos décadas.
El origen de la mora: salarios en baja y deudas en alza
La explicación de este colapso en la capacidad de pago se encuentra en la pérdida de poder adquisitivo de la población. De acuerdo con las estadísticas oficiales del RIPTE, las remuneraciones de los trabajadores han sufrido fuertes contracciones en términos reales frente a noviembre de 2023. El golpe más severo lo registran los empleados públicos, con un desplome real del 17%, seguidos por el total de asalariados registrados que acumulan una baja promedio del 9,2%, mientras que en el sector privado formal el retroceso fue del 4,8%.
Durante el último año, muchas familias recurrieron al financiamiento bancario como una vía para complementar sus ingresos y sostener niveles básicos de consumo. No obstante, al enfrentar Costos Financieros Totales (CFT) que en reiteradas ocasiones superaron el 150% anual, la carga de los servicios de deuda terminó por rebasar la capacidad de repago de los salarios.
Radiografía del incumplimiento por sectores
El análisis desagregado por líneas de financiamiento demuestra que el deterioro no afectó a todos los instrumentos por igual, ensañándose especialmente con las herramientas destinadas a cubrir los gastos cotidianos de las familias. Los préstamos personales concentran el mayor índice de incumplimiento del sistema, alcanzando una morosidad del 14,2% en marzo de 2026, una cifra que más que triplica el 4,1% registrado un año atrás y que evidencia cómo se resintieron los créditos utilizados para cubrir emergencias u obligaciones corrientes.
Una tendencia similar reflejan las tarjetas de crédito, cuya mora saltó del 2,8% en marzo de 2025 a un preocupante 11,7% al cierre del primer trimestre de este año, exponiendo las severas dificultades para financiar las compras del mes a mes. En contraposición, el sector corporativo y empresarial mostró un comportamiento mucho más estable: el incumplimiento de las empresas pasó del 0,9% al 3,1% interanual, un incremento moderado que por el momento no representa un riesgo sistémico para la banca.
Esta marcada brecha entre el índice de morosidad de los hogares (11,5%) y el del sector corporativo (3,1%) evidencia que el costo social y financiero del reordenamiento económico impactó de manera asimétrica, recayendo de forma casi exclusiva sobre las economías familiares.
Consecuencias macroeconómicas y proyecciones
Las derivaciones de este escenario financiero trazan un panorama complejo para el corto plazo. En primer lugar, los hogares con cuentas en mora deben reorientar una parte sustancial de sus ingresos hacia el pago de punitorios o refinanciaciones, lo que restringe aún más su capacidad de gasto y anticipa una debilidad de la demanda agregada y del consumo comercial para los próximos trimestres.
Por el lado de los bancos, las entidades se ven obligadas a incrementar sus previsiones por incobrabilidad, una situación que afecta de forma directa sus niveles de rentabilidad y podría endurecer las condiciones para el otorgamiento de nuevos créditos, revirtiendo la tendencia de apertura hacia el sector privado que se había registrado durante 2024.
Los analistas consideran improbable una corrección espontánea en el corto plazo. Para que la morosidad retorne a niveles de un solo dígito se requerirá de una recuperación consolidada y duradera de los salarios, combinada con una baja efectiva de las tasas de interés de las líneas de consumo que alivie la carga financiera existente. Bajo las condiciones actuales, se proyecta que los índices de irregularidad permanezcan elevados durante el segundo trimestre de 2026, con chances de estabilización recién hacia la segunda mitad del año.
