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Una ofensiva aérea nocturna desplegada por las fuerzas armadas de Estados Unidos sobre territorio iraní provocó la muerte de 14 personas y dejó al menos 78 heridos, según el balance oficial difundido por las autoridades de Teherán. Los proyectiles impactaron además sobre infraestructura estratégica, ocasionando severos daños estructurales en un puente y en un tramo de la red ferroviaria local.

Pese a la gravedad de las acciones bélicas, el mandatario estadounidense, Donald Trump, aseguró públicamente que representantes del gobierno de Irán se contactaron con la Casa Blanca manifestando la intención de alcanzar una salida negociada a las hostilidades. Sin embargo, en paralelo a estas declaraciones, la cúpula del Ejército iraní y el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica coordinaron una contraofensiva inmediata, ejecutando ataques directos contra bases logísticas e instalaciones militares de los Estados Unidos situadas en territorio de Kuwait, Bahréin y Qatar.

Esta escalada de violencia se produce en un escenario paradójico, dado que ambas naciones se encontraban en pleno proceso de diálogo formal para definir un tratado de paz definitivo dentro de un plazo de dos meses, bajo los lineamientos de un memorando de entendimiento bilateral suscrito de forma reciente.

Desde la diplomacia de Teherán emitieron un enérgico rechazo institucional ante lo que calificaron como reiteradas muestras de hostilidad internacional, denunciando formalmente ante la comunidad internacional que las maniobras del Pentágono configuran una violación explícita a los principios de la Carta de las Naciones Unidas y al marco normativo del derecho internacional.