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Por: Pipo Rossi

Fue el 25 de mayo de 1810 el punto de partida para la difícil, pero firme, idea de constituir un país que cumpliera a pleno con los propósitos emancipadores que inspiraron a la Primera Junta de Gobierno. Era el comienzo de una larga marcha para una organización nacional que transitaría en el tiempo con la declaración de la independencia, en 1816, para recalar, luego de décadas marcadas por enfrentamientos internos, en la organización nacional que surgió en 1853.

Al cumplirse un nuevo aniversario (216°) de la constitución del primer gobierno patrio en Buenos Aires, el momento es propicio para recordar con sumo respeto aquella gesta y procurar trasladar a nuestro tiempo los principios que guiaron a a los patriotas movidos por el fervor popular de libertad e independencia.

Fue aquel el punto de partida para la difícil, pero firme, idea de constituir un país que cumpliera a pleno con los propósitos emancipadores que inspiraron a la Primera Junta de Gobierno.

Era el comienzo de una larga marcha para una organización nacional que transitaría en el tiempo con la declaración de la independencia, en 1816, para recalar, luego de décadas marcadas por enfrentamientos internos, en la organización nacional que surgió en 1853.

A lo largo de aquellos años las guerras cotejaron intereses y modalidades para aplicar en la organización nacional. Fue lo que condujo a que dominaran por años los enfrentamientos entre unitarios y federales. Por ello retumba siempre la trascendencia de la Constitución Nacional que unió voluntades y calmó pasiones.

¿Cómo debería cada argentino de bien trasladar aquella mística patriótica de mayo a nuestros días? En primer lugar, tomando la actitud de los habitantes porteños que instaron a los miembros del Cabildo a animarse a decidir en línea con lo que la gente anhelaba: la libertad como pueblo. Hoy estaríamos hablando de una democracia más participativa y también más exigente con sus representantes.

En ese contexto, también el ciudadano debe exigir de una vez y para siempre el precepto de la igualdad ante la ley, con el propósito de eliminar privilegios de las clases dirigentes, aún perceptibles en nuestros tiempos. Fue otro de los rasgos fundantes que impuso aquella Primera Junta.

Y también resalta la publicidad de los actos de gobierno, impulsados en aquella instancia por el célebre Mariano Moreno a través de “La Gaceta”, el medio que informaba al pueblo porteño los pasos que daban las nuevas autoridades. Nada más distante de un simple órgano publicitario oficial.

Otro mandato que emana de los inspirados miembros de la Primera Junta es la unidad por sobre la diversidad de ideas. No todos los miembros del primer gobierno patrio provenían del mismo espacio partidario y también había un clérigo entre ellos. Sin embargo, fue más fuerte la idea de dejar atrás un dominio español en crisis y aventurar un futuro para estos pueblos del sur en manos de sus propios habitantes.

Sin duda, un ejemplo de consenso que por estos tiempos no suele abundar entre dirigentes que, en lugar de procurar la proyección de una nación pujante y soberana, muchas veces priorizan sus intereses partidarios y también personales. Nada más alejado de los principios fundantes de aquellos próceres de mayo.