Por Yamil Jara.
Miles de animales bajan cada año desde la cordillera hacia los campos de invernada. Detrás de ese movimiento ancestral hay familias, sacrificios, historias y una forma de vida que resiste el paso del tiempo. En el norte neuquino, la trashumancia sigue siendo mucho más que una actividad productiva: es identidad.
Todavía no amanece y el frío ya se siente en la cara.
La montaña permanece en silencio mientras los primeros arreos comienzan a moverse lentamente por las huellas que desde hace generaciones unen la cordillera con los campos bajos del norte neuquino.
Los animales avanzan despacio. Adelante van los crianceros. Algunos a caballo. Otros acompañando a pie. Todos conocen el camino de memoria.
La escena parece repetirse igual desde hace décadas, pero cada año es diferente.
La invernada no es solamente un traslado de ganado. Es una forma de habitar el territorio.
Cuando llegan los primeros fríos fuertes de la cordillera, las familias comienzan a bajar con sus animales hacia zonas más protegidas. Allí pasarán los meses más duros del invierno hasta que la primavera permita regresar nuevamente a las veranadas.
Para quienes observan desde afuera, puede parecer apenas una tarea rural.
Para quienes la viven, es una historia que atraviesa generaciones.
LOS CAMINOS DE LA MEMORIA
Las huellas de la trashumancia recorren cientos de kilómetros en el norte neuquino.
Son caminos que guardan recuerdos familiares, encuentros, despedidas y sacrificios.
Cada paso del arreo tiene detrás una historia.
Muchos de los actuales crianceros aprendieron el oficio acompañando a sus padres y abuelos. Algunos recuerdan viajes que duraban semanas enteras. Otros hablan de noches bajo la nieve, de tormentas inesperadas y de animales rescatados en medio del temporal.
La trashumancia no se aprende en los libros.
Se aprende caminando.
UNA IDENTIDAD QUE RESISTE
El avance de nuevas actividades económicas, los cambios demográficos y las dificultades para acceder a la tierra modificaron profundamente la realidad del campo neuquino.
Sin embargo, la trashumancia continúa.
Cada temporada cientos de familias mantienen viva una práctica reconocida como patrimonio cultural de Neuquén.
No se trata únicamente de producir.
Se trata de conservar una forma de vida.
Una manera de relacionarse con el territorio que forma parte de la historia profunda del norte neuquino.
EL REGRESO
Mientras los animales siguen avanzando hacia los campos de invernada, los crianceros saben que el viaje recién termina cuando todos llegan.
Después vendrán los meses de invierno.
Las heladas.
La nieve.
La espera.
Y cuando vuelva el calor, comenzará otra vez el camino hacia las veranadas.
Porque en el norte neuquino las estaciones no solamente cambian el paisaje.
También marcan el ritmo de una cultura que se niega a desaparecer.
