El 16 de junio de 1955, facciones de la Armada y la Fuerza Aérea intentaron derrocar y asesinar al presidente Juan Domingo Perón. El ataque sobre la población civil dejó centenares de víctimas y desató una violenta respuesta contra templos religiosos.
Aquel trágico jueves de mediados de junio quedó grabado como uno de los episodios de violencia institucional más oscuros de la historia argentina. Sectores de la Marina de Guerra y de la Fuerza Aérea coordinaron una ofensiva militar con un propósito central de máxima gravedad: ejecutar un golpe de Estado y terminar con la vida del entonces mandatario, Juan Domingo Perón.
Durante la acción militar, diversas aeronaves pertenecientes a la Armada arrojaron aproximadamente 30 artefactos explosivos sobre el área de la Plaza de Mayo y sus alrededores. En ese instante, la zona se encontraba transitada por una gran cantidad de ciudadanos; de hecho, uno de los impactos iniciales dio de lleno contra un colectivo de transporte escolar, provocando el fallecimiento inmediato de decenas de chicos.
El saldo de la tragedia y el fracaso del golpe
La ofensiva aérea provocó consecuencias devastadoras en el corazón de la Capital Federal. De acuerdo con los registros históricos, el ataque causó la muerte de al menos 308 personas y provocó heridas a más de 800 ciudadanos.
A pesar de la virulencia del despliegue golpista, la maniobra para deponer al líder justicialista no prosperó. El fracaso de la sublevación se debió a que los regimientos del Ejército Argentino optaron por preservar el orden institucional, manteniéndose leales al Gobierno y brindando protección y resguardo al presidente en las instalaciones del Ministerio de Guerra.
La reacción en las calles: Incendios en el centro porteño
Como correlato inmediato de las detonaciones y en medio de un escenario de extrema tensión y confusión generalizada, facciones civiles y grupos afines al oficialismo salieron a las calles para manifestar su descontento. Durante la tarde y la noche de esa misma jornada, estas agrupaciones atacaron e incendiaron importantes símbolos eclesiásticos del centro porteño, entre los que se destacaron la Catedral Metropolitana, la Curia y diversos templos históricos de gran valor arquitectónico y religioso de la ciudad de Buenos Aires.
