ImagenPor: Pipo Rossi

La muerte de Roberto Massera deja un silencio que no se mide solamente en las filas de la Unión Cívica Radical. Hay ausencias que, por la huella que dejan, exceden las pertenencias partidarias y alcanzan algo más profundo: una determinada manera de entender la vida pública, el compromiso ciudadano y la política como una forma de conducta.

En Paraná -y en buena parte de Entre Ríos-, Massera perteneció a una generación para la cual la recuperación de la democracia no fue una consigna de campaña ni una efeméride conveniente.

Fue una conquista que había que cuidar generacionalmente.

En 1983, cuando el país volvía a abrir las puertas de sus instituciones después de la peor noche de su historia, fue consagrado diputado provincial.

Aquella elección tenía una dimensión que hoy, con la perspectiva de los años, acaso resulte difícil de comprender en toda su magnitud: la democracia volvía a ser una experiencia cotidiana.

Y en aquella Legislatura entrerriana, el radicalismo ocupó un lugar central con una bancada integrada por Roberto Audisio (Paraná), Carlos Contín (Nogoyá), Abel de León (Feliciano), Roberto Ferrando (Federación), Héctor Frutos (Villaguay), Arturo Ganly (Gualeguaychú), Honorio de la Cruz Goyeneche (Tala), Marcelo Granillo (Uruguay), Adolfo Lafourcade (Concordia), Alberto Lagrenade (Gualeguay), Alfredo Maffioly (Colón), Rodolfo Parente (Diamante), José Sampietro (La Paz), Horacio Trucco (Victoria) y, por supuesto, Roberto Massera (Paraná).

También llegaban al Congreso nacional César Jaroslavsky, Bernardo Salduna, José Luis Rodríguez Artusi, Juan Francisco Elizalde y Pedro Sarubi.

En Paraná asumía Humberto Cayetano Varisco; en Concepción del Uruguay, Juan Carlos Lucio Godoy; en Gualeguaychú, Ricardo Taffarel.

Eran nombres propios de una época que, en realidad, fue mucho más que un tiempo. Fue una generación convocada a reconstruir las instituciones y a devolverle a la sociedad la palabra.

Había que recuperar el debate, el pluralismo, la participación popular. Había que volver a discutir sin miedo. Y Roberto Massera fue parte de ese momento fundacional.

Pero, quizá su verdadera dimensión no se encuentre únicamente en aquella banca que ocupó en 1983, sino en la coherencia con la que atravesó las décadas posteriores.

Porque los cargos tienen fecha de comienzo y de final; las conductas, en cambio, sobreviven a los almanaques.

Moisés Lebensohn, uno de los grandes pensadores de la tradición radical, dejó una sentencia que con el paso de los años adquiere una vigencia casi incómoda: “Una doctrina para que nos entiendan y una conducta para que nos crean”. Roberto Massera podría haber hecho propia esa frase sin necesidad de pronunciarla: su trayectoria fue, en buena medida, la demostración silenciosa de esa idea.

No necesitó de estridencias para construir autoridad.

Su pertenencia radical no fue una etiqueta intercambiable según las circunstancias, sino una identidad política ejercida con perseverancia.

De allí que su despedida hoy reúna voces provenientes de distintos momentos y espacios de la vida partidaria.

Luis “Changui” Cáceres lo llamó “amigo del alma” y compañero de innumerables luchas.

Federico Storani abrazó a Natacha, su hija, y lo recordó como “una gran persona y radical coherente”.

En esas palabras hay algo más que afecto: hay reconocimiento.

Y acaso allí esté una de las formas más difíciles de medir una vida política: no en la cantidad de cargos acumulados, sino en la memoria que deja entre quienes compartieron las mismas esperanzas, las mismas discusiones, las mismas derrotas y, alguna vez, las mismas victorias.

Resulta significativo que hasta hace pocos días Massera siguiera participando de la actividad partidaria.

Se lo vio animado en un encuentro radical destinado a pensar cómo “recuperar la capital provincial”.

Allí acompañó a Manuel Tennen, intendente de Villa Urquiza, junto a la vicegobernadora Alicia Aluani, Atilio Benedetti, Marcelo López, Gabriela Lena, Enrique Susevic, Mario Joannas, Sergio Avero y Alejandra Gervasoni.

La escena tiene algo de retrato final.

El hombre que había llegado a la política en aquella primavera democrática de 1983 seguía allí, décadas después, hablando de política, acompañando, participando, imaginando el futuro.

Como si para él la militancia no hubiera sido nunca una estación de la vida, sino una forma de estar en ella.

Por eso, su muerte duele en el radicalismo, pero también interpela a una cultura política que hoy parece necesitar -más que nunca- de aquellas palabras de Lebensohn: doctrina para ser comprendidos y conducta para ser creídos.

Massera ya no estará en las reuniones, en las conversaciones, en las discusiones interminables de la política entrerriana.

Ya no podrá aportar su mirada ni participar de esas pequeñas ceremonias cotidianas de la militancia que quienes la ejercen conocen tan bien.

Pero, queda algo más perdurable.

Queda el ejemplo de una vida política atravesada por la coherencia.

Queda la memoria de aquel dirigente que llegó a la Legislatura cuando la democracia recuperaba su pulso y que, hasta sus últimos días, siguió creyendo que la política debía ser un espacio de participación, compromiso y construcción colectiva.

En tiempos de tanta fugacidad, esa permanencia tiene un valor especial. Roberto Massera se va como se van los hombres que hicieron de sus convicciones una forma de ser: dejando detrás una historia que es también una escuela de vida.