
Su minuciosa declaración ante la Justicia Federal resultó fundamental para condenar al represor Miguel Etchecolatz y marcar el rumbo de los procesos de Memoria, Verdad y Justicia.
El 28 de junio de 2006 significó un antes y un después para las causas de derechos humanos en el país. En el marco del primer debate oral celebrado tras la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, Jorge Julio López se presentó ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 para desarticular, con un relato esclarecedor, el funcionamiento de la estructura represiva en La Plata y sus alrededores durante los años de la última dictadura militar.
El mandato de la memoria y la precisión del relato
A sus 76 años, el albañil oriundo de Los Hornos compareció en el Salón Dorado de la Municipalidad de La Plata con la firme convicción de dar testimonio del calvario que atravesó a lo largo de sus 159 días de cautiverio ilegal —iniciado el 27 de octubre de 1976—, previo a ser derivado como preso político a la Unidad 9 de Villa Elvira hasta abril de 1977.
Más allá de haber aportado datos previamente en los Juicios por la Verdad, esta nueva instancia judicial sumaba un peso penal directo. Durante casi noventa minutos, López reconstruyó con asombrosa exactitud las vivencias dentro del circuito clandestino que incluyó:
·El destacamento policial de Arana.
·La estancia "La Armonía".
·Las comisarías Quinta y Octava de La Plata.
Su testimonio no se limitó a la geografía del horror; identificó con nombre y apellido a integrantes de las patotas operativas, describió las torturas y ubicó en tiempo y espacio las ejecuciones perpetradas en su presencia. De manera particular, su palabra sirvió para cumplir una promesa ética e histórica: dar a conocer el destino de Patricia Dell'Orto, una joven fusilada frente a él que le había encomendado avisar a su familia sobre su paradero.
Un aporte clave que derivó en una trágica venganza
La exhaustiva exposición de López se complementó jornadas después mediante inspecciones oculares en los ex centros clandestinos, donde el testigo guio a los magistrados y revalidó cada uno de sus dichos en el terreno. Toda esta información actuó como pilar indispensable para dictar los fundamentos de la posterior condena a prisión perpetua de Miguel Etchecolatz, quien fuera el director de Investigaciones de la Policía Bonaerense y uno de los máximos responsables del plan criminal en la región.
Sin embargo, el valiente rol del testigo civil acarreó un desenlace devastador. El 18 de septiembre de ese mismo año, exactamente el día estipulado para los alegatos y horas antes de que se leyera la sentencia contra el jefe policial, Julio López fue desaparecido por segunda vez en su vida. Aquel hecho, perpetrado ya en plena vigencia democrática, representó un cruento mensaje de amedrentamiento hacia los sobrevivientes y testigos que impulsaban el avance de la justicia en la Argentina.
