
El mercado de la carne vacuna en la Argentina atraviesa una de las coyunturas más críticas de las últimas décadas. Ante la marcada retracción en el poder de compra de las familias, los mostradores de barrio operan bajo un cambio de estrategia forzado: la prioridad inmediata dejó de ser la rentabilidad operativa para concentrarse exclusivamente en evitar la clausura definitiva de los locales. Para impedir un freno absoluto en las ventas, los comerciantes comenzaron a absorber los constantes incrementos en alquileres, servicios y costos de mantenimiento sin trasladarlos al consumidor final.
La contracción del sector alcanza niveles generalizados. De acuerdo con un relevamiento privado efectuado en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), los expendedores del rubro reportan una caida interanual del 40% en el volumen de kilos comercializados. Este escenario de retracción persiste de forma constante, sin que las promociones semanales o los descuentos especiales logren reactivar la demanda en las carnicerías.
La mirada de los comerciantes ante la parálisis del consumo
Los testimonios de quienes atienden al público en los mostradores coinciden en graficar un panorama de subsistencia golpeado por la pérdida de poder adquisitivo y el encarecimiento de la estructura fija:
Sostenimiento en soledad: Referentes con más de dos décadas en la actividad señalan que los clientes redujeron sus compras a una tercera parte en comparación con el año anterior. En ese contexto, la rentabilidad resulta nula y la permanencia en el mercado se vuelve viable únicamente en emprendimientos atendidos por sus propios dueños, donde no existen estructuras salariales a cargo.
Depresión del volumen comercializado: Desde los centros de distribución masiva, como el Mercado Central, ratifican que la comercialización cayó cerca de un 40% interanual en términos cuantitativos, advirtiendo que la capacidad de gasto del consumidor se encuentra en niveles mínimos.
Evolución del abastecimiento: Pese a la caida en el nivel de operaciones, comerciantes con larga trayectoria histórica contrastan el contexto actual con crisis pasadas, destacando que, a diferencia de otros ciclos económicos de desabastecimiento, la oferta de hacienda y cortes en el mercado se mantiene abundante.
Transformación en los hábitos: el pollo desplaza a la carne vacuna
El informe sectorial elaborado por la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes (CICCRA) confirma que el consumo de carne bovina registró un retroceso histórico, relegando a un alimento central de la dieta nacional a un consumo ocasional.
Esta dinámica impulsó una reconfiguración inédita en la estructura de consumo proteico: por primera vez en la historia del país, la carne aviar superó al ganado vacuno como la opción más demandada, alcanzando un promedio cercano a los 50 kilogramos anuales por habitante. La brecha de precios —donde un kilogramo de corte vacuno equivale al valor de más de tres kilogramos de pollo entero— volcó la demanda hacia variantes más económicas como patas, muslos o alitas. Frente a este fenómeno, los comercios tradicionales debieron modificar su stock incorporando de forma masiva cortes porcinos y avícolas para evitar la caducidad de la mercadería en cámara.
El costo de la parrillada familiar
El desplazamiento de la carne de la dieta cotidiana se refleja de forma contundente en el presupuesto necesario para organizar el clásico asado de fin de semana. Para alimentar a un grupo de cuatro o cinco personas, el desembolso total se sitúa en torno a los $85.000, considerando los insumos básicos de la preparación:
Cortes vacunos principales: Un kilo y medio de vacío ($34.500) sumado a un kilo de tira de asado ($22.500).
Cortes secundarios y achuras: Un matambrito de cerdo chico ($12.000), un kilo de chinchulines ($9.500), cuatro chorizos ($7.200) y dos morcillas ($3.000).
Insumos complementarios: Cuatro kilogramos de carbón o leña ($5.000) y un kilogramo de pan francés ($3.200).
La magnitud de estos valores explica la decisión de los carniceros de congelar sus márgenes de ganancia, entendiendo que cualquier nuevo ajuste en las pizarras significaría la parálisis definitiva de la actividad en los barrios.
