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Con intensidad y el sello de Coudet, el Millonario borró las dudas, superó la adversidad y definirá el título en Córdoba.

River transformó por completo su presente. En una noche que comenzó cargada de tensión, el equipo de Eduardo Coudet disipó los fantasmas del pasado reciente, cambió silbidos por aplausos cerrados y metió un pie en la gran final del Torneo Apertura ante más de 85.000 personas que colmaron el Monumental. La ilusión recuperó su forma con una actuación sólida y colectiva ante Rosario Central, un rival de fuste que llegaba en alza pero terminó maniatado.

El desafío no era sencillo. El Canalla arribaba a Núñez con un invicto de ocho compromisos y el antecedente inmediato de haber dejado en el camino a Independiente y Racing. Sin embargo, el Millonario desplegó un repertorio integral que combinó lucidez futbolística con un notable temple anímico. Apenas comenzado el encuentro, el local debió asimilar la pronta baja de Sebastián Driussi por lesión y, poco después, el penal desviado por Gonzalo Montiel. Lejos de derrumbarse ante los contratiempos, el grupo mostró resiliencia para adueñarse del desarrollo.

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Si bien la visita inquietó con un tiro libre de Di María que dio en el palo y exigió las respuestas de Beltrán bajo los tres palos, la tónica general del partido la impuso River. Con una presión asfixiante en la mitad de la cancha, el local anuló los circuitos ofensivos de Central y lo dejó inconexo. El mediocampo conformado por Galván, Vera y Moreno firmó un despliegue impecable, mientras que la zaga central de Martínez Quarta y Rivero se plantó con firmeza. Por la banda, Viña aportó el sacrificio necesario para suplir la ausencia de Acuña.

Pese a la pérdida de peso en el área tras la salida de Driussi, el ataque se sostuvo con la verticalidad de Juan Cruz Meza y la jerarquía de Facundo Colidio. Fue justamente el ex-Tigre quien asumió la responsabilidad en el segundo penal de la noche, definiendo con frialdad para traducir la superioridad en el marcador y desatar el festejo contenido en las tribunas.

El pitazo final ratificó el crecimiento cualitativo de un River que jugó el partido con la intensidad idéntica a la de una final. Con el sello del Chacho Coudet impregnado en cada línea, el Millonario sorteó un examen complejo y ahora aguarda en Córdoba por el vencedor del cruce entre Argentinos y Belgrano. En las tribunas, el clima mutó de la exigencia previa al delirio total, cerrando la jornada con el público volcado a un canto unánime de cara a la definición del campeonato.